¿Qué significa alimentarse sanamente?

Publicado el 17 mayo, 2013 por geomayer

La cantidad de información relacionada con una buena alimentación abunda en libros, revistas, páginas web, programas de radio y tv.  También se comparte de boca en boca, generando así una “cultura” que puede ser muy valiosa o puede ser muy confusa.

En estos más de 18 años que llevo estudiando sobre nutrición y salud, aplicándolo en mi propia vida y la de mi familia y asesorando a otras personas, el tema de la alimentación a cobrado un nuevo interés.  Esto debido a distintas razones que van desde el querer verse mejor o envejecer más lentamente, hasta luchar contra o querer prevenir enfermedades como el cáncer por ejemplo.

Hoy en día estamos más conscientes de que todo aquello de lo que nos alimentamos termina formando no sólo cada una de nuestras células sino también afectando positiva o negativamente nuestras actitudes y acciones.  Alimentarse sanamente no implica sólo el alimento que se sirve en el plato, sino inclusive las emociones y pensamientos que diariamente experimentamos.  Es como una rueda que conecta el alimento con el cuerpo, con la mente y con el espíritu, el ser completo, y con nuestro hacer diario en este mundo.  Si partiéramos de que todo inicia con lo que servimos en el plato, esa es la base, el inicio del camino.

Ahora la reconocida Universidad de Harvard publica sus recomendaciones alimentarias (Healthy Eating Plate) que incluso desafían a algunas de las presentadas por el gobierno de EEUU (My Plate) que hace poco sustituyó la tan utilizada Pirámide de la Alimentación.

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Durante años, diversos estudios científicos han establecido el efecto dañino de la proteína de origen animal.  Por comodidad, costumbre o gusto, la mayoría de las personas se han rehusado a reducir o eliminar de su plato diario alimentos como la carne, el huevo y los lácteos.  Ha sido tan fuerte el efecto de los medios de comunicación sobreestimando la necesidad de proteína en la dieta humana, que el miedo generado ha impedido el cambio necesario para una mejor salud de la población, reduciendo y seguramente eliminando padecimientos como alergias, asma, cáncer, Alzheimer, enfermedades cardiovasculares, diabetes y muchas más que aquejan sobre todo a los principales países consumidores de estos productos.

Aunado al miedo está la conexión emocional que la persona hace con el alimento que le fue preparado y servido desde la infancia.  También se encuentra el rechazo a una nueva idea o al cambio, y por otro lado está el interés económico de grandes empresas que producen estos productos sin considerar el impacto ambiental y el maltrato a los animales que promueven, bombardeando constantemente a niños y adultos.

Para muchos, el tener el respaldo de una institución reconocida podría animarlos a ahondar más en este tema.  Y ahora esta universidad, recomienda un consumo limitado de productos lácteos.  Es sin duda un gran paso tomando en cuenta el poder que esta industria tiene en el mercado.  Creo que hay muchas cosas que aún podemos cuestionarnos sobre todo aquello de lo que nos alimentamos.  Idealmente nosotros mismos deberíamos tener el interés y el valor de cuestionar por que comemos esto o aquello.  Hay mucha información, y si, aunque mucha es contradictoria, es un ejercicio que nos debemos.

¿Cómo podemos tomar las mejores decisiones en cuanto a nuestra alimentación?  La macrobiótica, filosofía que cimienta los principios de la medicina tradicional de culturas ancestrales como la oriental, considera el efecto integral del alimento.  Tomando en cuenta algunos de sus principios podemos tener mayor claridad para elegir el camino que más nos acerca a la salud.

Lo que voy a consumir:

  1. ¿De dónde proviene? ¿Cómo fue cultivado? ¿Se utilizó algún producto químico como fertilizantes, pesticidas, antibióticos, hormonas para producirlo? ¿Desde dónde se ha transportado para que llegue a mi?
  2. ¿Cómo se alinea con mi condición actual?  ¿Promueve acidez en la sangre o inflamación a nivel celular? ¿Contribuye a mejorar mi salud o la agrava?
  3. ¿Es un alimento entero o es un producto procesado?¿Conozco cada uno de los ingredientes que lo integran?
  4. ¿Cómo fue preparado? ¿Se produjo en una fábrica, en una casa, en mi propio hogar? ¿Quién o quiénes lo prepararon, con qué utensilios, en qué estado de ánimo? ¿Se produjo sufrimiento o daño ambiental para obtenerlo?
  5. ¿Cómo me siento al comerlo? ¿Me dificulta la digestión? ¿Me produce alguna reacción alérgica ya sea en la piel, mucosidades o inclusive estados de alteración o ansiedad?

Estas son sólo algunas claves que nos acercan a una respuesta más clara.  Explorar estas preguntas requiere de un compromiso personal y de desarrollar nuestra propia intuición.  Al obtener respuestas o inclusive pistas de cómo deberíamos alimentarnos, armémonos de valor y de creatividad para comer no sólo más sano sino aún más placenteramente.